La vacuna y el libro

Una aproximación a la figura de José Manuel Romay Becaria

«Los que ven no actúan. Los que actúan no ven».

Siempre maestro en tempestades y fulgores es así como Ernst Jünger define el secreto de toda decadencia. Y si traigo aquí esa sentencia es porque la figura de José Manuel Romay representa algo así como la contrafigura de lo que la sentencia afirma. Romay es alguien que desde muy pronto fue capaz de ver con claridad y de actuar con eficacia. ¿Cómo y porqué fue así? Vamos a indagarlo aunque haya de ser muy brevemente. El instrumento para ver claro es la inteligencia. Y la herramienta para transformar la realidad es el poder. Romay accedió muy pronto al poder político. Porque ya tengo bien antigua la memoria y porque creo en la conveniencia de ver las cosas justamente cuando nacen les voy a contar como sucedió. Algo así como un retrato de José Manuel Romay «in statu nascens» como político.

Fué hace ahora más de cincuenta años. En 1959 un jovencísimo Romay había ganado las oposiciones al cuerpo de letrados del Consejo de Estado. Todo hacía pensar que iba a desarrollar una brillante carrera en el ámbito del Derecho y de la Jurisprudencia. Pero en 1963 recibió una invitación de D. Jesús García Orcoyen por aquel entonces Director General de Sanidad. Ahora se habla mucho de la importancia de la Sanidad, uno de los pilares del Estado del Bienestar. Pero en aquel tiempo por no haber no había ni Ministerio de Sanidad. Lo que había era una Dirección General dependiente del Ministerio de la Gobernación. Estaba situada en la Plaza de España. El Ministro era un general de infantería: D. Camilo Alonso Vega.

Ese era el panorama cuando Romay llegó a la Secretaria General. Allí tuvo que resolver algunos problemas menores. Todavía recuerdo su perspicacia en observar la picaresca que había en torno al registro de medicamentos. Las secretarias encargadas del registro lucían zapatos y bolsos mucho más caros que los del resto de las secretarias… Pero donde dio la medida de su talla como gestor fué ante un enorme desafío médico y social: la poliomielitis. Una enfermedad producida por un virus que atacaba la placa neuromuscular y que producía algunas veces la muerte y casi siempre parálisis en las extremidades. Afectaba sobre todo a las niñas y no tenía tratamiento eficaz. Se informa de que en USA empezaba a usarse una vacuna que podría ser administrada por vía oral. La famosa vacuna Salk. Y Romay monta la campaña, moviliza médicos, maestros, curas, periodistas, gobernadores civiles. Y se acaba con la polio. Nunca más un niño muerto por asfixia ni una cojera para toda la vida. Fué su primer contacto con el poder. Su opera prima.

El poder. Los que van de cultos andan ahora repitiendo una y otra vez la sentencia de Lord Acton: «el poder corrompe siempre y el poder absoluto corrompe absolutamente». Vivimos tiempos en los que la lectura de la primera página de los diarios parece confirmar la veracidad de esa sentencia. Pero es falsa. Y la propia trayectoria de Romay es un argumento contra esa falsedad. Pero es falsa también en otro sentido. Lo que escribió Lord Acton es que «Power tends to corrupt». Tiende a corromper. Pero una cosa es la tentación y otra bien distinta caer en ella…

Dejamos ahora el asunto del poder y nos vamos al negociado de ver claro. Decíamos que el instrumento de ver claro, la clarividencia, era la inteligencia. Y ¿de dónde le vendrá a Romay su inteligencia? De los genes, claro está. Pero ahora sabemos bien que los genes sólo se «expresan» tras un largo y concienzudo entrenamiento. Y el gimnasio donde se entrenen las neuronas es la lectura. No recuerdo haber visto a Romay sin dos jerséis bajo el abrigo, sin una gorra protegiendo la cabeza o sin un libro en la mano. Pero no cualquier libro. Karl Popper, Raymond Aron, Ralf Dahrendorf, Ernst Gell-ner, Giovanni Sartori, Anthony Giddens, John Gray, Victor Pérez Díaz. Los apologistas de la Sociedad Abierta empeñados en resolver la cuadratura del círculo político: conseguir, al mismo tiempo, generar riqueza económica, promover cohesión social y garantizar la libertad individual.

Pero Romay no sólo disfruta y aprende leyendo esos libros. El problema es que siempre que tiene ocasión – y a veces sin ella – te los regala. Y lo que es más grave no es fácil librarse de leerlo. Porque al primer encuentro, de modo tan cortés como implacable te interroga sobre el provecho que has encontrado en su lectura.

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